miércoles, 5 de febrero de 2014

El Héroe de las Mil Caras contra el Emperador de Todas las Cosas (I de II)


DGD: Paisajes-Ciudad alienígena 10 (clonografía), 2001

Existe una Historia que cuentan todas las historias, un Mito de fondo que se halla oculto detrás de las leyendas urbanas de moda, una única y persuasiva Moraleja debajo de las aparentemente diversas y contradictorias moralejas individuales en las obras del arte narrativo occidental. No es un “lujo” ni un “delirio” el intento de desentrañar esa Historia general, ese Mito global, esa Moraleja institucional; es, en todo caso, un deber de todo individuo que desee usar esa libertad expresiva e imaginativa que por todos lados se fomenta pero que prácticamente no se usa.
         En su ensayo “El emperador de todas las cosas” (“Emperor of Everything”, en Isaac Asimov’s SF Magazine, 1987), Norman Spinrad hace uso de esa libertad y coloca los puntos sobre las íes en un territorio sembrado de minas explosivas. Ahí Spinrad afirma que la gran mayoría de las novelas más difundidas de ciencia-ficción y fantasía (y, podría agregarse, de las películas basadas en ellas) cuentan casi siempre una única Historia bajo distintos disfraces. A continuación, con su desparpajo e ironía características, Spinrad procede a describir esa Historia en sus términos esenciales:

Nuestra historia comienza en los límites de la civilización, en donde un joven aparentemente normal está sufriendo los tormentos de la angustia adolescente. Sin que lo sepan los patanes que lo rodean (y quizá sin que lo sepa él mismo), es, de hecho, el heredero legítimo aunque exiliado del trono del Imperio, o un superhombre mutante de incógnito, o el propietario de poderes mágicos latentes, o quizá, sencillamente, un fuera-de-serie con una espada de doble filo.
  Pero las Fuerzas Oscuras están en auge, se está cociendo un Apocalipsis como la copa de un pino entre el Bien y el Mal, y nuestro héroe está destinado, por imperativos genéticos, hereditarios o argumentales, a ser el campeón de los Ejércitos de la Luz. Unos siniestros personajes merodean buscándolo, y puede que hacia el final del primer capítulo hayan estado cerca de eliminarlo.
  No tarda en aparecer un forastero procedente de los mundos centrales, un Forastero poseedor de conocimientos avanzados, perspectiva histórica, visión política y la misión de buscar al Enchufado del Destino para entrenarlo y conseguir que se enfrente a Darth Vader en la gran pelea por la corona de peso pesado del universo.
  Así comienza la educación errante de nuestro héroe bajo las directrices de Merlín el Mutante. Irá desarrollando sus poderes potenciales en un viaje organizado por la galaxia, y a golpes irá abriéndose paso desde la nada de la que provino, en una lenta trayectoria espiral hacia el Trono del Imperio.
  Por el camino sufre el desprecio de la Princesa, va acumulando a su alrededor un abigarrado sistema satélite de duros tenientes y sargentos de primera, monta un Ejército del Pueblo, salva a la Princesa —ganándose su amor de paso—, y por último le revela su Identidad Secreta de legítimo Emperador de Todas las Cosas y la convierte a la causa.
  El ejército guerrillero se abre camino luchando hasta Roma, y consigue llegar al Palacio Presidencial tras una batalla de unas sesenta páginas llena de sacrificios y proezas. Pero el Señor Oscuro no ha llegado a convertirse en Maestro del Mal chupándose un dedo: así que se mete una herradura en el guante de una mano y un disruptor neurónico en el guante de la otra, y el héroe y él se disputan quince asaltos mano a mano en lucha por el destino del universo.
  Pero resulta que el Tío Feo no ha oído hablar de las reglas de boxeo del Marqués de Queensbury: tumba al árbitro sobre la lona y nuestro chico recibe palos durante catorce asaltos, así que parece que al universo le espera una mala racha de un millón de años.
  Pero, justo cuando está en el suelo y a punto de oír el final de la cuenta regresiva, sus poderes mágicos entran en acción, la princesa le lanza un beso, Obi Wan Kenobi le recuerda que la Fuerza lo acompaña, su intelecto mutante le permite fabricar un lanzarrayos de partículas con palillos y clips, y un criado al que una vez salvó la vida le inyecta cien miligramos de anfetas sagradas.
  Nuestro héroe se levanta de la lona a la cuenta de nueve y lanza un inspirado discurso: “Eh, tú”, dice al Villano Definitivo, “se te ha desatado el cordón del zapato”. Cuando Ming el Implacable baja la vista para comprobarlo, el Héroe del Pueblo le lanza un gancho a la mandíbula que lo saca del cuadrilátero y de la novela, haciéndolo volar hasta el segundo libro de la serie.
  El bien triunfa sobre el mal, se hace justicia, el héroe se casa con la princesa y se convierte en Emperador de Todas las Cosas, y todo el mundo vive feliz por siempre jamás.... o, por lo menos, hasta que llegue el momento de fabricar la segunda parte.

          En “El emperador de todas las cosas”, Spinrad tiene la tremenda ambición no sólo de glosar la parte mayoritaria de la literatura de ciencia-ficción y fantasía sino a fin de cuentas toda la literatura desde un punto de vista arquetípico y global: el resorte secreto de prácticamente todas las historias centradas por la figura de un héroe. Éste en particular es “un héroe que inspira simpatía: es la fantasía masturbatoria definitiva, el lector como Emperador del Universo, como Divinidad”. Independientemente de que se esté de acuerdo o no con esta visión, de entrada es claro que Spinrad ha dado con la razón por la cual la ciencia-ficción es, como se dice, una “lectura de adolescencia”. Es tal vez por eso que se deja de leer ciencia-ficción y fantasía e incluso mitología cuando se deja atrás la juventud, entendida como etapa de “sueños”, y se aborda la adultez, con todas sus decepciones y desilusiones, como etapa de “realidades”.
          Si tiene tanto éxito esa “fórmula primigenia para la acción-aventura” a la que Spinrad denuncia es porque está dirigida a los adolescentes, sí, pero también a esa pequeña pero significativa parte del adulto que no se resigna del todo a perder la capacidad de crecimiento, de sueño, de enfrentamiento con lo imposible, de trascendencia. Por eso tiene tanto éxito Star Wars lo mismo que toda la literatura de auto-ayuda y el seudo-esoterismo: porque, al igual que la saga del “Emperador de todas las cosas”, promete una revancha de todas las pérdidas. Lo malo es que una idéntica fascinación es la que rodeó al nazismo, que no hizo otra cosa con las ideas de Nietzsche.
          Spinrad sabe ubicar un digno contrapeso: la más lúcida revisión que se ha hecho al respecto, la de Joseph Campbell en El héroe de las mil caras (The Hero with a Thousand Faces, 1949), al que Spinrad sabe dar su sitio preciso: “el Héroe de las Mil Caras, a diferencia del héroe del Emperador de Todas las Cosas, es un ser humano prototípico embarcado en una búsqueda mística”.
          La misma contraposición podría establecerse experimentalmente en el cine de ciencia-ficción norteamericano, entre Star Wars y Star Trek; en otras palabras: George Lucas es a Gene Roddenderry lo que el “Emperador de todas las cosas” al “Héroe de las mil caras”. El problema reside que en otros casos no es tan fácil deslindar los bandos, y hay sagas que pisan ambos territorios, como Dune de Frank Herbert (e incluso la parte más reciente de la saga de Star Trek una vez que salió del control de Roddenderry). Spinrad advierte este complejo fenómeno:

También es cierto que muchas auténticas obras maestras del género encajan cómodamente dentro de estos parámetros formales. Dune, Neuromante [Gibson], El libro del Sol Nuevo [Gene Wolfe], ¡Tigre, tigre! [Bester], la mayor parte del ciclo Dorsai de Gordon Dickson, El Señor de los Anillos [Tolkien], Los tres estigmas de Palmer Eldritch [Philip K. Dick], El Señor de la Luz [Zelazny], Nova [Samuel R. Delany], La intersección Einstein [Delany], las novelas del Mundo del Río de Philip José Farmer, Forastero en tierra extraña [Heinlein], Tres corazones y tres leones [Poul Anderson], y otras muchas novelas de auténtico valor literario son hermanas encubiertas, al menos en términos argumentales, de esta fórmula primigenia para la acción-aventura.
  Y si a eso vamos, también lo son el Libro del Éxodo, el Nuevo Testamento, el Bhagavad Gita, las leyendas del Rey Arturo, Robin Hood, Sigfrido, Barbarroja y Musashi Murakami, las vidas [tal como las cuentan los libros de historia] de Alejandro el Grande, Napoleón, George Washington, Simón Bolívar, Tokugawa Ieyasu, Lawrence de Arabia y Fidel Castro, por no mencionar Una tragedia americana, [Dreiser], El conde de Montecristo [Dumas], David Copperfield [Dickens], El hombre que podía hacer milagros [H.G. Wells] y Superman.
  Por tanto, es obvio que nos enfrentamos a algo más profundo que una simple fórmula de ficción comercial: se trata de una historia arquetípica intercultural que parece surgir del inconsciente colectivo de la especie, presente ahí en donde se cuenten historias, e incluso hay quienes aseguran que es la historia arquetípica.

          Spinrad (nacido en 1940 en el Bronx neoyorquino) no es un teórico sino un escritor, un inventor de ficciones, y su ensayo es divagante y un poco débil a la hora de los soportes éticos o filosóficos, pero su llamada de atención no puede sino agradecerse. Qué bien que nos haga recordar que el Héroe de las Mil Caras de Campbell tiene “un maestro espiritual shamánico” y que su viaje “es la historia de su despertar espiritual. Libra batalla con las facetas más bajas de su propia naturaleza, ya sea de forma abierta o transmutadas en una imaginería de villanos o monstruos. El inframundo o centro al que por fin consigue penetrar, es el Vacío que hay en el centro de la Gran Rueda, el nivel de la mente en donde el ego y la conciencia emergen de la base colectiva de la creación. Y la batalla definitiva en el centro es la lucha por conseguir la fusión mística de su espíritu con el mundo, el clímax triunfal mediante el que obtiene una trascendencia espiritual con la que puede volver al mundo de los hombres como Portador de Luz e inspiración heroica”.
          Este fenómeno puede entenderse ya no como el choque de dos formas opuestas de concebir el destino humano, sino como una sola forma antiquísima de concebirlo, que ha sido deformada con fines de manipulación colectiva. En otras palabras: contamos una única historia de dos modos distintos; una de ellas, la minoritaria, la del Héroe de las Mil Caras, es, después de todo —dice Spinrad—, “la historia de nosotros mismos, o al menos la historia de nuestras vidas que todos escribiríamos si pudiéramos poner las manos sobre el teclado del Procesador de Textos del Cielo, y por eso los narradores profesionales nos la siguen contando una y otra vez por todo el mundo a lo largo de los milenios, y por eso siempre estamos dispuestos a vivirla indirectamente una vez más”.
          Si esta historia originaria se cuenta de forma sincera y sin trucos, “puede hacemos sentir valientes, fuertes y alegres, y ello puede animarnos a realizar hazañas de valentía espiritual en nuestras propias vidas”, pero si se cuenta con trampas y bajezas para explotar nuestros deseos, apetencias y necesidades más íntimas y volverlas cómplices del poder instituido y del ulterior conformismo, se convierte en el otro modo de contar la misma historia: la del Emperador de Todas las Cosas, el mayoritario canto del poder masculino predador y la barbarie: el espíritu adormecido.
          Por eso es tan resonante el momento en que Spinrad plantea la diferencia entre el Emperador de Todas las Cosas, que es un Arnold Schwarzenegger vociferante y cargado de armas fálicas, y el Héroe de las Mil Caras, que es “el Hombre Corriente transformado en el Portador de la Luz, como el auténtico Bodhisattva, [que] rehúye la cima de la trascendencia ególatra y vuelve al mundo de los hombres no como un avatar de la divinidad, sino como un Hombre Corriente renacido, como avatar democrático del dios que hay en el interior de todos nosotros. Y esa es la verdadera luz del mundo, no la magnificencia de algún ungido Enchufado del Destino”.

*

[Continúa.]

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