domingo, 26 de marzo de 2017

La literatura “rara” y las corrientes subterráneas (I)

DGD: Redes 75 (clonografía), 2008.



[Presento aquí, en varias partes, el texto de la conferencia que leí en el Coloquio “Los raros. Autores y géneros excluidos en la literatura hispánica” (Colegio de San Luis, Programa de Estudios Literarios, San Luis Potosí, marzo 23 de 2017), bajo el título “Corrientes subterráneas: Antonio Porchia, Malcolm de Chazal y las flores parlantes”. En este trabajo se incluyen fragmentos de otros textos míos en torno a la literatura “rara”. (DGD)]


El tema que nos reúne no podría ser más esquivo (y quizás ese sea su mayor atractivo). Los términos que usamos para diferenciar a la literatura no convencional de la convencional, son a su vez convencionales. Si se aplican los términos y razonamientos usuales para hacer esa diferenciación entre uno y otro territorio, sólo puede concluirse de una de dos maneras: o toda la literatura es rareza o ninguna lo es. Cada quien hace sus listas de escritores no-convencionales, y muy pocas veces estas listas coinciden. Por un lado, no hay escritor que quiera ser encasillado bajo el rubro “convencional”; por otro, la rareza se considera marginal y extravagante, siempre parte de lo “otro”, de lo que uno no es.
          Esta dicotomía, este desgarramiento se nota ya en los eufemismos que se emplean para denominar a esa literatura:




          Sólo puede haber aproximaciones, nunca definiciones cerradas ni criterios unívocos. Intentaré aquí un par de aproximaciones, desde luego tentativas.


Periplo y aventura

En la Odisea, el cíclope Polifemo hace a Odiseo una pregunta que tiene una gran hondura:



Aquí queda claro que las motivaciones para andar son dos: el propósito o la errancia sin rumbo. Dicho de otra manera, la meta o la carrera.




Unos andan para llegar, otros para andar. Estas dos motivaciones opuestas podrían también llamarse arte comprometido o arte por el arte. O bien, el fin o el medio. Casi todas las veces el viaje es un medio para llegar a la meta, pero algunas veces es un fin en sí mismo. Para algunos, una aventura sólo tiene sentido si lo que la origina es una encomienda, una misión, un quest: se va hacia algún lado. Sin embargo, hay quien exclama que una aventura controlada de esa manera no merece tal nombre, y sólo lo merece si es un lanzarse a la ventura, al azar: no importa llegar sino ir. Como se ve, estas dos motivaciones opuestas también podrían ser llamadas necesidad o azar. Y si buscáramos palabras representativas de cada corriente, muy bien podrían ser “periplo” y “aventura”. Sus representantes podrían ser el agente viajero (por parte del periplo) contra el pirata (por parte de la aventura). El agente viajero dedica su vida, el pirata la expone.
          Tal vez por eso se infiere que quien tiene un propósito en la vida es constructivo (productivo), mientras que el que anda al garete, a la buena de Dios, es improductivo e incluso, si persiste, destructivo.


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[Continúa.]



miércoles, 15 de marzo de 2017

Magritte: El imperio de las luces (VIII)


El plano del aire, 1940.


En El plano del aire, lienzo de 1940, un solitario árbol-hoja se erige en un suelo rocoso en el ámbito de un paisaje diurno espléndidamente representado: resplandeciente delicadeza de las nubes, colinas lejanas sumidas en su propia atmósfera lechosa, el suelo árido y requemado por el sol en el que se levanta con no poco heroísmo el protagonista de este cuadro. Sin embargo, los tonos intensamente oscuros del árbol-hoja hacen sentir al espectador que este elemento no recibe la luz del mismo modo que su entorno. De hecho, esta figura solitaria de El plano del aire luce como recogida en sí misma, tal como lo harían un árbol y una hoja en un bosque a media noche. Es la misma magia poética de El imperio de las luces.
            En El paseo de los amantes, la ciudad y los árboles están iluminados por una luz diurna, tan brillante como puede verse en el cielo atrapado por dos marcos (¿óleos, espejos?) que trastocan a todas las escalas. La noche es ese oscuro de fondo.

El paseo de los amantes, 1929.

Una de las versiones menos conocidas de El imperio de las luces revela la intensidad de una búsqueda metafísica que se extendió por casi medio siglo.

El imperio de las luces.

En la parte izquierda de la imagen el negro total de la casa y de su sombra coexisten ya de manera rotunda con el blanco de ese horizonte deslumbrante y deslumbrado. En esta parte del lienzo el yin y el yang se delimitan y contraponen en toda su potencia; sin embargo, si la vista continúa el recorrido por la línea de sombra hacia arriba y luego hacia la derecha, esa linealidad de pronto se convierte en espesura: del mismo modo en que se dice que de noche todos los gatos son pardos, aquí la casa y los árboles se integran: la casa da ramaje y los árboles dan ventanas. A la vez, los mismos contornos de esta espesura negra tienen las nubes blancas. Por una vez no hay opuestos que combaten y se dan sentido al contraponerse uno al otro.
            En 1963 Magritte devolvió la noche a la noche.

El fin del mundo (La fin du monde), 1963.

En 2010 Philippe Moreno intentó, bajo la técnica de la litografía, devolver El fin del mundo a la original dualidad de El imperio de las luces:



Entre los innumerables homenajes a El imperio de las luces se encuentra esta acuarela de fecha y procedencia inciertas, en la que el cielo sugiere el amanecer; sin embargo, las siluetas de las casas y de ese árbol se revelan sumergidas en la noche más profunda de una manera literal, como muestran esa luna y las estrellas.



El gran tema de El imperio de las luces —que obsesionó a Magritte durante toda su vida— no es el combate de los opuestos sino lo que da la unidad (en el mismo sentido en que se dice que el árbol da ramas o que la nube da árboles).

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